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LA NUEVA REALIDAD HÍBRIDA

Ciudadanía digital: el rol de los adultos

Silvina Pedrouzo

Pediatra, especialista en Desarrollo Infantil y Pantallas, miembro de la SAP.

Bienestar digital

Las pantallas con conexión a Internet forman parte de la vida cotidiana de chicas y chicos: allí aprenden, se divierten, crean y se vinculan con otros. Cuando su uso es equilibrado, reflexivo y cuentan con acompañamiento adulto, la experiencia puede ser muy positiva. Pero si la tecnología ocupa demasiado espacio o domina la rutina diaria, puede afectar el sueño, las emociones, las relaciones personales y el desempeño escolar.

Por eso, además de controlar cuánto tiempo pasan conectados, es clave observar qué hacen con las tecnologías, qué tipo de contenido consumen, cómo lo hacen, si comprenden por qué y para qué las utilizan, cómo se sienten y qué lugar ocupa la tecnología en su día a día.

Acompañarlos a construir una ciudadanía digital sólida implica ayudarlos a desarrollar habilidades emocionales, reflexivas, sociales y prácticas para moverse con respeto, empatía, pensamiento crítico, ética y responsabilidad en línea. Pero a la vez, son aprendizajes centrales para la vida: para cuidarse, tomar decisiones y construir vínculos empáticos, sensibles y solidarios dentro y fuera de las pantallas.

¿Cómo fomentar habilidades digitales?

Uso de la tecnología según la edad

Una de las claves es pensar el bienestar digital para cada edad. Sin embargo, hay que tener en cuenta que las etapas no son siempre las mismas para todas las niñas, niños y adolescentes, y tal vez sea necesario adaptarlas o ajustarlas a las necesidades de cada uno.

Celular antes de los 13, ¿qué recomiendan los pediatras?

Silvina Pedrouzo

Pediatra, especialista en Desarrollo Infantil y Pantallas, miembro de la SAP.

  • Entre los 4 y 7 años, el acercamiento a la tecnología suele darse a través de dispositivos compartidos (celular de personas adultas, tablet familiar, smart TV), pero esto no elimina los riesgos. Aunque no los busquen, las niñas y los niños ya están conectados a Internet y pueden encontrarse con imágenes o contenidos que no son apropiados para su edad.
  • La Organización Mundial de la Salud (OMS) y la Sociedad Argentina de Pediatría (SAP) recomiendan evitar por completo el tiempo de pantalla en niñas y niños menores de 2 años; de 2 a 4 años, si las usan, que sea como máximo una hora; y de 4 a 7 años, entre una y media y dos horas por día y en períodos cortos. Es decir, un acercamiento gradual y saludable a las tecnologías, siempre muy regulado
  • Las pantallas deberían usarse únicamente en espacios comunes del hogar.
  • Como orientación general, cuanto menor es la edad del niño, mayor debería ser el tamaño de la pantalla: es preferible que miren videos o películas en la televisión o la computadora antes que en el celular o la tablet, donde el consumo suele ser más fragmentado y difícil de supervisar. Siempre debería haber un adulto presente, que participe activamente y pueda chequear que el contenido es adecuado para la edad. Nunca solos.
  • También es un buen momento para acompañarlos en el aprendizaje de habilidades básicas para estar seguros en Internet (ver Soy niño – 4 a 7 años) y empezar a tener pequeñas conversaciones sobre los riesgos en línea con un lenguaje acorde a su edad (ver ¿Cómo hablar de los riesgos digitales?).
  • Recordar que en esta etapa, niñas y niños sienten una fuerte curiosidad por su cuerpo y el de otras personas. Es habitual que se comparen y pregunten abiertamente sobre las diferencias. Por eso, el acompañamiento adulto para la prevención de las violencias sexuales pasa por enseñarles de manera clara, simple y respetuosa los nombres correctos de todas las partes del cuerpo, explicarles que las zonas cubiertas por la ropa interior son privadas y reforzar la idea de que su cuerpo les pertenece.
  • Tener en cuenta que las charlas con niños pequeños sobre prevención de riesgos y cuidados no deberían darse una única vez. Es mucho mejor tener conversaciones cortas y frecuentes. Esto ayuda a reforzar los puntos clave y a adaptar el mensaje a medida que los chicos crecen.
  • Esto se complementa con la creación de acuerdos familiares sobre tiempos de uso y lugares libres de tecnología, que ayuden a ordenar la convivencia y a marcar momentos sin pantallas (ver Acordamos Reglas).
  • Otra tarea clave de los adultos es seleccionar cuidadosamente el contenido que pueden ver, habilitar las restricciones de las plataformas de video y deshabilitar la función de búsqueda, de modo que los niños accedan solo a materiales preseleccionados por la familia (ver Guía de Seguridad Digital).
  • Es fundamental incentivar mucho el juego fuera de la pantalla: actividades vivenciales, juego simbólico, propuestas deportivas, contacto con la naturaleza, lectura de cuentos y paseos creativos, que siguen siendo la base del desarrollo saludable en esta etapa.

  • Entre los 8 y los 12 años, chicos y chicas ganan progresivamente cada vez más autonomía digital: en muchos casos tienen su propio dispositivo, juegan en línea, participan en chats de videojuegos y grupos de mensajería, y empiezan a interesarse más por los vínculos con pares, incluyendo la dimensión afectiva y sexual. Aumenta la curiosidad por los cuerpos y por imitar conductas de chicos mayores, lo que incrementa la posibilidad de encontrarse con contenidos sexualizados o pornográficos sin comprenderlos del todo.
  • En esta etapa, el uso de Internet debe seguir siendo supervisado por las personas adultas, pero con un estilo de acompañamiento que combine límites claros y creciente autonomía. Es fundamental contar con un plan familiar de pantallas, con reglas cocreadas: tiempos de uso, lugares donde se permiten dispositivos, qué sitios pueden visitar, qué aplicaciones pueden descargar y momentos libres de tecnología (ver Acordamos Reglas).
  • Esta es una etapa clave para conversar regularmente sobre los riesgos en línea (ver Soy preadolescente, de 8 a 12 años) y sobre qué pasa cuando una información, foto o video se vuelve público (ver ¿Cómo hablar de los riesgos digitales?).
  • También es importante empezar a hablar con más precisión de grooming y de sus señales de alerta: personas (adultos o supuestos pares) que hacen preguntas demasiado personales, piden que se guarden secretos, ofrecen regalos o intentan llevar la conversación a otros canales más privados.
  • Seguir profundizando el trabajo sobre el consentimiento: que entiendan que tienen derecho a decir que no, a marcar sus propios límites y a respetar los límites de otras personas. Situaciones cotidianas del mundo digital, como preguntar antes de subir una foto en la que aparece un amigo o contar que les incomodó un mensaje o una broma en un grupo, ayudan a validar que está bien expresar lo que prefieren, por ejemplo, pedir que no etiqueten su nombre o que no compartan una imagen sin permiso.
  • En lo práctico, conviene entrenarlos en cómo poner límites también en el entorno digital: cómo bloquear a alguien que los hace sentir incómodos, cómo salir de un chat, cómo escribir o decir “no quiero seguir hablando de esto”.
  • Hay que familiarizarse con los juegos, sitios web, redes sociales (TikTok, Instagram, YouTube, Facebook, Twitch) que usan con más frecuencia y sus ajustes de privacidad. Muchas tienen restricciones para menores de 13 años, pero en lo concreto, chicas y chicos acceden antes de esa edad con autorización de sus familias, por eso es necesario que las configuraciones de los perfiles reduzcan al máximo los riesgos. Pedirles a los chicos que nos enseñen a usarlos es una buena manera de empezar a abordar el cuidado digital. También jugar o ver contenido juntos, para que muestren cómo funciona y poder guiarlos en la experiencia.
  • Es importante ayudarlos a configurar sus perfiles como privados y a elegir nombres de usuario neutros que no incluyan datos reales; cada vez que descargan una app nueva, es recomendable hacerlo juntos, revisar las opciones de privacidad y seguridad y explicar los motivos detrás de cada ajuste (ver Guía de Seguridad Digital).
  • Finalmente, escuchar y responder con preocupación es tan decisivo como cualquier herramienta técnica. Cuando se acercan con dudas o problemas (por ejemplo, “Una amiga del cole puso algo feo sobre mí en un grupo de WhatsApp”), es clave tomarlos en serio, preguntar cómo se sienten y ofrecer pasos concretos: hablar con la amiga, decirle que lo que hizo les hizo daño, y, si vuelve a pasar, contarlo para resolverlo juntos. Esta actitud de acompañamiento, sin minimizar ni dramatizar en exceso, construye confianza y refuerza la idea de que no están solos ante lo que ocurre en sus pantallas y que siempre pueden pedir ayuda.
  • En esta etapa, los preadolescentes suelen utilizar las tecnologías para buscar información. Es importante enseñarles que no pueden tomar como confiable cualquier contenido que aparece en Internet, que deben contar con varias fuentes de información y evaluar siempre su confiabilidad.

Entre los 13 y los 17 años, el mundo digital ocupa un lugar central en la construcción de la identidad, las relaciones sociales, el sentido de pertenencia y la exploración afectiva y sexual. La adolescencia es un período de intensos cambios físicos, emocionales y neurobiológicos: el cerebro todavía está en desarrollo y la sobreexposición a estímulos digitales puede afectar la atención, la memoria, el aprendizaje y la regulación emocional. Acompañar no implica vigilar, sino comprender cómo viven ellos la tecnología y ofrecer herramientas para usarla de manera saludable.

Acompañamiento general
  • Entender qué plataformas son significativas para ellos y cuánto tiempo pasan conectados (Ver Soy adolescente 13 a 17 años).
  • Sostener conversaciones frecuentes sobre riesgos, privacidad y autocuidado digital (ver ¿Cómo hablar de los riesgos digitales?).
  • Favorecer la autonomía responsable, no el control invasivo.
Hábitos digitales saludables
  • Hablar sobre cómo administrar notificaciones para reducir distracciones (ver Guía de Seguridad Digital).
  • Planificar momentos de desconexión: pausas, descanso sin pantallas, dormir con el celular fuera del cuarto (ver Acordamos Reglas).
  • Acordar que los dispositivos se cargan por la noche fuera de la habitación, para lograr que el espacio de sueño esté libre de pantallas.
  • Dar el ejemplo: evitar el uso del celular durante comidas y encuentros familiares.
  • Construir una lista conjunta de actividades sin pantallas para equilibrar el tiempo libre.
Bienestar emocional en entornos digitales
  • Identificar cuándo una app, red o interacción les genera ansiedad, presión, daño o comparación constante.
  • Refuerzos claros: “Si algo te hace mal o tenés un problema, estoy para ayudarte aun cuando no pueda comprender cómo funcionan las plataformas”.
  • Promover ejercicio físico, actividades al aire libre y contacto social cara a cara.
Consentimiento, sexualidad digital y límites
  • Hablar abiertamente de consentimiento y de cómo se expresa en el entorno digital.
  • Hacer mucho hincapié en que compartir una imagen íntima con alguien no implica consentimiento para que circule. Explicar que, una vez enviada, la imagen deja de estar bajo control y es importante minimizar riesgos:
  • Evitar el rostro o marcas identificatorias.
  • Usar fotos que puedan verse una sola vez.
  • Conversar explícitamente sobre límites y presiones.
Protección de datos personales
  • Reforzar la idea de que no deben compartir: direcciones, contraseñas, fotos privadas, información personal en chats (incluidos los de IA).
  • Explicar cómo esos datos pueden usarse para exponerlos, extorsionarlos o comprometer su privacidad.
Construir confianza
  • Evitar retirar el dispositivo como castigo: deteriora la confianza y desalienta pedir ayuda.
  • Frente a un problema, priorizar el diálogo y la comprensión de lo sucedido.
  • El objetivo: que sientan que siempre pueden acudir a un adulto en situaciones difíciles, sin miedo a retos o sanciones que los aíslen aún más de su vida digital.